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ROCK AL PARQUE: 30 AÑOS DE HISTORIAS QUE NUNCA ESTUVIERON SOBRE EL ESCENARIO

  • Foto del escritor: Revista 1991
    Revista 1991
  • 18 jul
  • 5 min de lectura

 

Porque detrás de cada banda, cada pogo y cada canción que se gritó en el Parque Simón Bolívar también hubo alguien cargando cables, resolviendo problemas, haciendo llamadas imposibles y tratando de que todo saliera bien.

 

Hablar de Rock al Parque es hablar de guitarras, amplificadores, pogos interminables y miles de personas llegando al mismo lugar por una razón bastante sencilla: escuchar música.

Pero 30 años después, quizá ya era hora de hablar de quienes hicieron posible que esa música sonara.

Eso es lo que propone Rock al Parque: 30 años. Bogotá y las voces de la trasescena, el libro de la historiadora, gestora cultural y escritora Tatiana Duplat que reconstruye tres décadas del festival desde un lugar que pocas veces ocupa el centro de la conversación: detrás del escenario.

El libro fue presentado en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026 y parte de una idea que parece sencilla, pero que cambia completamente la manera de entender el festival: Rock al Parque no es solamente lo que ocurre cuando una banda pisa la tarima.

Es todo lo que tiene que pasar antes para que eso suceda.

 

 

EL FESTIVAL QUE NO SE VE


Durante años, la imagen de Rock al Parque ha estado asociada a sus protagonistas más visibles. Las bandas, los artistas internacionales, los conciertos históricos, las multitudes y esos momentos que terminan convertidos en memoria colectiva.

Pero mientras el público canta, alguien está pendiente del sonido.

Mientras una banda toca, alguien está detrás coordinando los cambios.

Mientras miles de personas entran al parque, hay equipos completos intentando que la operación funcione.

Y antes de que existieran las facilidades tecnológicas actuales, hacer un festival de estas dimensiones podía parecer una misión casi imposible.

Duplat encontró historias que hablan precisamente de eso: músicos que llegaron a escenarios enormes sin haber tenido siquiera las condiciones técnicas ideales para tocar; gestores que tuvieron que transportar dinero en efectivo para pagar a artistas internacionales; llamadas de larga distancia complicadas en una época en la que comunicarse con el exterior no era cuestión de enviar un mensaje por WhatsApp.

Hoy puede parecer absurdo.

En los primeros años de Rock al Parque era parte del trabajo.

Y quizá ahí está uno de los mayores valores del libro: recordar que los grandes eventos culturales no aparecen de la nada. Se construyen con improvisación, riesgo, trabajo y, muchas veces, con personas tratando de resolver lo imposible.

 

 

ROCK AL PARQUE TAMBIÉN ES BOGOTÁ


La historia del festival también es la historia de una ciudad.

Una ciudad que durante tres décadas ha cambiado, se ha transformado y también ha aprendido a encontrarse en medio de sus diferencias.

Porque Rock al Parque tiene algo particular: durante tres días, personas que probablemente nunca se cruzarían en otros espacios terminan compartiendo el mismo lugar, escuchando la misma banda y, en muchos casos, cantando la misma canción.

Ahí desaparecen por un momento algunas de las fronteras que existen fuera del festival.

La edad importa menos.

El barrio importa menos.

La pinta importa menos.

Incluso los gustos pueden quedar en segundo plano.

La música termina haciendo lo que muchas veces parece imposible: poner a desconocidos en el mismo lugar y conseguir que se reconozcan como parte de algo.

Por eso Duplat entiende Rock al Parque como una especie de espejo de Bogotá. No solamente porque el festival representa a la ciudad, sino porque en él también pueden verse sus transformaciones sociales y culturales.

 

 

LAS VOCES QUE FALTABAN

Uno de los cambios más interesantes que recoge la investigación tiene que ver con las mujeres y su relación con el festival.

Lo que alguna vez pudo ser un espacio en el que su presencia era cuestionada terminó convirtiéndose en un territorio apropiado por ellas, tanto desde el público como desde los escenarios y los diferentes espacios de producción cultural.

Esa transformación no ocurrió de un día para otro.

Como muchas cosas en Rock al Parque, fue resultado de años de presencia, resistencia y construcción colectiva.

Y ahí aparece una palabra que parece definir buena parte del libro: memoria.

Porque recordar 30 años de Rock al Parque no consiste únicamente en hacer una lista de bandas que tocaron.

Es preguntarse quién estuvo ahí.

Quién trabajó.

Quién insistió.

Quién abrió una puerta.

Quién cargó un equipo.

Quién resolvió una crisis.

Quién se subió a una tarima cuando todavía no sabía lo que significaba estar frente a miles de personas.

Y también quién estuvo entre el público y volvió a su casa pensando que acababa de vivir algo que no iba a olvidar.

 

 



30 AÑOS NO SON SOLO 30 FESTIVALES

Rock al Parque ha sido presentado durante años como uno de los grandes festivales gratuitos de América Latina. Y lo es.

Pero las cifras se quedan cortas cuando se intenta explicar lo que significa para una ciudad.

Treinta años son varias generaciones creciendo alrededor de un mismo evento.

Son padres que fueron al festival y después llevaron a sus hijos.

Son bandas que empezaron tocando en escenarios pequeños y terminaron frente a multitudes.

Son músicos que llegaron desde otros países y descubrieron una Bogotá capaz de recibirlos con miles de personas.

Son canciones que quedaron asociadas para siempre a un parque, a una época y a una ciudad.

Y son también miles de historias que nunca llegaron a las fotografías oficiales.

El libro de Tatiana Duplat intenta precisamente rescatar esas historias.

No para quitarle protagonismo a las bandas, sino para ampliar la fotografía.

Porque un festival no se sostiene únicamente con quienes aparecen en el cartel.

También necesita de quienes hacen que el cartel se convierta en realidad.

 

 

EL ROCK TAMBIÉN SE CONSTRUYE DETRÁS

Quizá esa sea la idea que queda después de acercarse a Rock al Parque: 30 años. Bogotá y las voces de la trasescena.

Que detrás de cada gran concierto existe una historia que casi nunca vemos.

Que detrás de cada escenario hay cientos de personas.

Y que detrás de cada edición existe una ciudad intentando organizarse para que, durante unos días, todo tenga sentido a través de la música.

Rock al Parque cumple 30 años y, mientras algunos recuerdan las bandas, los discos y los conciertos que marcaron una generación, este libro propone escuchar otra parte de la historia.

La que estaba detrás.

La que no siempre salió en las fotos.

La que no aparecía en los afiches.

La que no tenía un micrófono en la mano.

Pero que estuvo ahí.

Porque si algo demuestra esta historia es que Rock al Parque nunca fue solamente un festival de música.


Fue —y sigue siendo— una forma de encontrarse en Bogotá.

Y después de 30 años, quizá la mejor manera de celebrarlo sea escuchar también a quienes hicieron posible que todo aquello sonara.

 

 
 
 

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